Una ventana para aprovechar el sol del oeste

Durante mucho tiempo -- para no empezar este texto con la palabra “siempre”—me resistí a aprovechar la luz, me resistí a sacarle provecho al día. Si bien tengo una hoja oficio amarillenta con el Carpe diem de un suponte Walt Withman tipeado a máquina por mi madre guardado en una caja rosada (uf) , desde que me salí del capullón inocente de las cosas felices y apócrifas, ingresé en un terreno de oscuridad, cinismo y desdén.

Feo.

A las etapas de mí de mí  a las que les temo les pongo calificativos por temor. Es un temor bajo a lo que dice el otro. Es un temor histérico. Otra de mis tendencias es echar mano al lenguaje psic… proveniente de tal y cual persona física o artificial o Freud o deséeme o yo.

Mi psicóloga me hace bajarle y subirle el volumen a los títulos de “mis cosas”. Decir “siempre o decir “Nunca” es un montón, pero también quizás no es ni un montón de tiempo, ni tan poco, haber pasado al menos veinte años de mi vida sin mirar al horizonte. Ni con admiración ni con pena. Ni con nada. ¿Y con nada? ¡aún menos! ¡ Contemplándolo nomás…!

 

Recuerdo (otro término que me molesta para arrancar a escribir… pero así es que anoto), haber mirado la luna con la ilusión de que me siguiera, como a otros tantos niños os ocurrió (esto lo leí en twitter: personas de los 90 haciendo match………….). Seguro es de esas sensaciones clásicas que se repiten a lo largo de generaciones y en distintas partes del mundo. ¿Viste la luna hoy? Se ve cercana y amarilla.

También tengo grabados los paseos en auto (porque eran paseos) en los que Eduardo, el papá de Pali mi mejor amiga del jardín de infantes, me traía a casa a eso de las 18 30, después de merendar. Siempre se ofrecía a llevarme, Paula me acompañaba y jugábamos a los bichos. Entonces apenas veíamos las calles del distribuidor, pero sentíamos sus vértigos. Éramos pequeñitas y nos agachábamos cada vez que pasaban autos. Los bichos.

A Paula le debo luz. Una luz incluso que alumbra lo microscópico. Le debo un acercamiento milimétrico donde anuncio que sí, que en eso que me escribía de puber  en sus  cartas tenía razón; y  yo no entendí  que quisiera cuidarme. Que o confundo ser cuidada con ser juzgada o bien es que la gente (no digo ella) muchas veces no supo cómo cuidar. Porque al hacerme adolescente encaré para la noche. Fui yo el bicho y estuve con otros del clan. Mil, dos, o cien… Mis antenitas siempre buscaron, como pequeñas plantas, allá arriba. Mis antenitas siempre percibieron y enviaron autoseñales, pero nunca subestimes el poder de negación (ni de los padres de una adicta, ni de una enferma adicta, o bueno… de la gente en general)..

 

Pensé en escribir sobre Pali hace un tiempo… uno de mis proyectos ilusorios de escritura, que no es más que un simple ejercicio, consiste en escribir a partir de objetos que encuentro por ahí. Una vez encontré por ahí, en el Jardín de la Memoria del colegio Normal 2, al lado del bicicletero, un lápiz muy chiquitito. Un lapicito diminuto, usado hasta las últimas borrosas consecuencias. Entonces: Paula y sus crayoncitos de único color. Colores heredados, que antes que suyos no habían sido solo suyos. Y que igual me prestaba como confidencias. Uno que se llamaba Color Huevo era mi favorito. Y era tan chiquito…. Una falange de meñique.

Mi tía Edel siempre decía que yo tenía que ir a la escuela de Bellas Artes. A mí todo lo que decía la Tía Edel me parecía una exageración. Me parecía una exageración tomar licor de mentas a las tres de la tarde, hasta que empezó a resultarme exacto. Igual, ella decía que tenía que estudiar Bellas Artes porque yo hacía dibujos de ellas: la tía Negra, Dora y Edel. Las retrataba según sus mañas características: la baraja española, las flores y el queso, los chocolates y el licor.

Quisiera agarrar crayones y dibujar el mundo, a veces. En vez de escribir, que tantas vueltas doy. Confieso que ahora que escribo esto siento el deseo de abandonar. Pero me alegra no abandonar. Obrar pese a este freno de mano puesto, pedalear en subida…. Con mis piernas surcadas por una especie de fracaso placentero y una perspectiva de huesos lentos (O. Gianuzzi) … un verso que se me viene siempre a la cabeza. Miro a través de la ventana de la estación del automóvil club, con los auriculares puestos porque una pareja de personas grandes se han puesto a charlar en tono demasiado alto… corrijo trabajitos prácticos que hicieron mis alumnxs de 2do año. A ellos les pido dibujar. Y me maravillo con el uso de los lápices de colores. Y miro con desdén la ausencia de ellos y el trazo rápido para efectuar una entrega obligatoria.

¿Y si hubiera estudiado en un colegio público? ¿Hubiera soportado el rigor nacional en vez del parroquial barrial? Seguro no tendría esta herida tonta y rebelde. Tal vez hubiera encausado la incomodidad de otro modo. Quizás nadie hubiera tenido que advertirme. La educación sexual integral que vino vergonzosamente de la mano de aleatorias médicas y vecinas y mi madre bruta.

La semana pasada caminamos con dos amigos por Tolosa. Como yo crecí ahí les fui mostrando lugares de mi historia. Les señalé una farmacia el calle 2 donde compré mi primer Eva Test. Tendría como quince años. Creo que incluso tenía un pedazo de himen medio roto. Me fui más o menos lejos de mi casa a un local donde no me conocieran. Pero mi mamá se enteró.

Muy vergonzoso.

Más adelante caminaría una ciudad entera para escaparme de ahí. Tomando sidra yo sola para llegar a una fiesta donde no me habían invitado. Hablando con tipos grandes. Proveedores.

Anoche soñé con un proveedor.

El tipo me perseguía. Él y su séquito. Entonces le tenía que pedir ayuda a mi papá. Quería que me defendiera. E intentábamos huir en un auto polvoriento que no arrancaba. Que él tenía estacionado en un cobertizo lleno de paja.  Mi viejo le daba arranque y yo pensaba: ahora sí que me van a internar.

Pero ahí estaba el horizonte. En el campo huyendo. Y dejar atrás la ciudad habilitaba la vía de no tener que recurrir a  una red psiquiátrica de titilante reflectora luz. Venía el atardecer. Estaba otra vez sola pero asoleada.

 

 

 

No sé cómo moverme en el entorno natural. No sé cómo acercarme a una mujer. Pero también veo que no tendría por qué haber un saber previo. Una guía o un orden.

No sé cómo acercarme a la mujer pero pinto mi cara como con crayones. A veces en la noche en la mañana. Hago lo que puedo pruebo cambios. Me opero sin agujas. Observo la quemadura en mis muñecas. Esto que fue. Un agujerito en mi piel más blanco; como una luna también, como un desierto. De venas azules observadas hasta la inacción. Sabiendo que por ahí pasa, adentro. Una sangre biológica, no la adoptiva. No la que me pide blanco resguardo. La que me pide la luz de los ojos los dientes, la que sonríe. La que no se esconde más que ilusoriamente como el sol, para dar paso a una sombra que borre de la faz de la tierra  la visión del espectro que me sigue.

 

 

 

 

 

 

Comentarios